Tu padre y el mío

Una vez más y como quien no quiere la cosa, intento mi personal digresión acerca de los hechos. Eso sí, habrá que echarle un ojo al lenguaje que tan fácil nos describe y nos contiene como nos delata.  En fin, que iba a hablar de Sabina, y cómo no, se me vino a la cabeza Serrat. Y entonces pensé – No hay duda: Serrat fue antes y Sabina, después- (Aunque en el fondo creo que son como el huevo y la gallina). Y que cada cual es un monstruo a su manera, hasta aquí todos de acuerdo. Pero es que sólo sus  dos nombres juntos ya suenan bien , ¿será que uno es del norte y el otro del sur? -Ná que ver- ya lo sé. Yo, es que sencillamente no concibo el uno sin el otro, o lo que es lo mismo, el Mediterráneo sin su mes de Abril. Y humildemente, pretendo que así sea. Alguien puede que no lo crea preciso. Y entonces me parece, un referéndum no vendría nada mal.

Lo cierto es que sólo iba a nombrar al más joven, al de los ojos grandes, el sombrerito negro y el cigarrillo… nunca más. Vaya sorpresa encontrarse a Sabina en la tele, más precisamente, en el programa del flaco de gafitas, ahora más cordiales y transparentes, y justamente en una entrevista. Y lo digo así porque personalmente siento la entrevista como un género dialogado fascinante, más que nada por el carácter intimista y confesional al que aspira; y por esos atisbos de luces y sombras del personaje que puede generar en consonancia o no con el personaje público entrevistado. Luces y sombras que inevitablemente se proyectan en los otros, los que en ese momento formamos parte del público espectador o lector.

Y no me queda más remedio que rendirme nuevamente frente a la honda sencillez del poeta. Y a esta cuestión de los claroscuros; las paralelas y los semicírculos que con nuestras vidas, los seres humanos dibujamos. (Y confieso no ser la única; en realidad, Gallardón deja de existir definitivamente en la política, para volver a ser aquél que algún día hablaba y se reía junto a Sabina) Pero volvamos a la entrevista sin desperdicio del poeta villano de Úbeda. De ella me limitaré a capturar una sola y entrañable imagen- en medio de la nada, del caos, o de una plaza sangrienta- que bien vale una canción, un poema o una novela: Cuando a la pregunta de -Por qué (o de – Cómo es eso de que…) le gustan los toros – Sabina responde directo, sin culpas ni excusas – Sencillamente porque de mayor uno acaba yendo a aquellos sitios a los que tu padre en tu niñez te llevaba de la mano. El mío me llevaba a los toros- La analogía resulta personalmente, inevitable – El mío, en cambio, no tuvo tiempo de tomarme de la mano para llevarme a ningún sitio. Unos años más tarde mi madre me llevaría de la mano todos los domingos a misa… aunque si hubiera podido, también me habría llevado a los toros –

Tu padre o el mío.

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