Artistas 27

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Con sus tres balcones, sus sesenta metros cuadrados y  su ligero aroma a geranio y agapanto, aquél piso, constituía en su estrechez casi un palacete. Al menos, así lo sentía su propietaria Virtudes: una mujer leve, inagotable y vital; de pies diminutos y mirada risueña que con su andar ligero y tenaz había  conquistado  Madrid. Su primer emprendimiento fue un incipiente taller donde una decena de tenaces y pacientes mujeres bordaban sus sueños sobre brillantes mantones, trajes y capotes multicolor que comenzaban a acaparar progresivamente el mercado creciente de los “souvenirs“ castizos. Otra fuente de ingresos constituía el  alquiler de habitaciones a estudiantes, quienes se sucedían uno tras otro con la  puntual regularidad de las estaciones del año. Por regla general, se trataba de jóvenes latinoamericanos, dada la evidente cercanía de las costumbres, el idioma… y la sangre: un pedazo de ella misma, su hermana pequeña, se había trasladado desde Almería hasta el extremo sur de la tierra.

La actividad emprendedora de Virtudes apenas le había dejado lugar para la nostalgia o  la sosegada evocación del pasado, tal era su diligencia y entrega  al ” aquí y  ahora”.  Sin embargo, en los umbrales ya de la entrecana madurez, los recuerdos empezaron a visitarla  cada vez más insistentemente.  Al principio  ella se resistió con denuedo: no podía permitirse el lujo de dejarse llevar por la añoranza.  Hasta que un buen día en el rellano del segundo donde  solía detenerse acezando por el esfuerzo creciente de remontar los tres pisos, se le presentó como si tal cosa: el recuerdo vivo de su amado Paco de Uleila del Campo. La visión que duró unos segundos, fue tan intensa y real que la dejó como flotando en una nube durante varios días.( Ella, que siempre había ido con la realidad por delante). Poco a poco, aquellas lejanas evocaciones  comenzaron a ocupar su rutina cada vez con mayor intensidad; hasta el punto que en ocasiones, Virtudes permanecía extensos lapsus de tiempo, enajenada en la contemplación  de aquellas memoriosas imágenes.

Así, poco a poco, el tiempo dejó de ser primordial para Virtudes; y las horas…con sus cuartos, sus medias y sus cinco minutos empezaron a transcurrir sin mayores pretensiones .  Pero lo malo fue cuando iniciaron también su huida las palabras que estos segmentos de tiempo contenían: calles, fechas, apellidos lugares, citas y nombres, comenzaban a emigrar paulatinamente,  a un segundo plano de lo  apenas accesorio o prescindible. Pero Virtudes, parecía ignorar todo esto a la vez que empezaba a ceder  a una deliberada nostalgia. Entonces ocurrió nuevamente  lo que ella tanto  anhelaba: Su Paco, esperándola con la sonrisa clara e intacta,  en el rellano de la escalera. Le resultó imposible entonces, rechazar el calor de aquella mano que envolvía la suya, mientras  milagrosamente, podía de nuevo oír su amorosa voz que  la nombraba: – Virtudica, Virtudica -. Durante un tiempo, él se presentó infalible, en el limitado espacio del descansillo, trastocando la fatiga de su amada, en  una dicha cada vez más evidente, aunque también contenida en un prudente silencio: Tan intensos eran aquellos breves y embobados ascensos de la escalera, que  los días transcurrían simplemente, insignificantes.Con una escasez cada vez más acentuada de palabras, la rutina diaria de Virtudes se desarrollaba bajo la forma de una serie de equívocos o  despistes que empezaban a provocar cierta preocupación en los rostros de su entorno, interés que por cierto a ella, se le antojaba más inoportuno que  desmedido.

El desenlace o quizás el verdadero reinicio de la historia, sucedió una mañana de Abril en el camino de regreso a casa, cuando Virtudes sintió que algo dio un vuelco rotundo en su interior: Desde lejos, pudo distinguir a su  Paco férreo e intacto, esperándola  esta vez,  de pie en el portal y con la voluntad manifiesta. Virtudes no pudo ya resistirse ante la declarada evidencia de un amor definitivamente recuperado. Y al final de la escalera, que subieron esta vez en un silencio confidente y entregado,  ella:Virtudica, en un acto indicutible de prodigalidad y osadía, abrió la puerta e invitó a su amado a entrar, mientras que en un gesto que tenía tanto de imprevisto como de habitual,  le preguntó, si  le apetecía un vaso de agua.

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